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06/10/2020

En la medida en que el historiador las respeta en su práctica eficaz, esas obligaciones generan una corrección técnica y metodológica. Para caracterizar esos efectos, se podría decir de una manera general que, cuando se introduce, el cálculo multiplica las hipótesis y deja falsificar ciertas de ellas. Por un lado de las combinaciones entre los elementos que fueron aislados sugieren relaciones hasta entonces insospechadas. Por otra parte el cálculo en base a grandes números prohibe interpretaciones basadas en casos particulares o en ideas inculcadas. Incrementa el número de las relaciones formales legítimas entre elementos abstractamente definidos, y designa las hipótesis que se deben rechazar por estar mal formuladas, o por no ser tratables, o por ser contrarias a los resultados del análisis.

Sin embargo, este avance notable está circunscrito a la archivística, especialidad comúnmente considerada como “auxiliar” y separada del trabajo interpretativo que el historiador se reservaba como su campo propio. De esta forma, aunque al editar la documentación asimismo transforma las opciones de la interpretación, la PC se aloja en su compartimiento especial de la compañía historiográfica, dentro del marco preestablecido que resguardaba la autonomía de la hermeneútica. No se le otorga sino más bien un lugar de “ayudar”, aún preciso por el modelo viejo que distinguía la recopilación de datos y la elucidación del sentido y que jerarquizaba las técnicas. Esta combinación permite en principio que el historiador utilice el cálculo sin tener que plegarse a sus reglas. Asimismo enseña sin lugar a dudas que, como lo señalaba Converses Tilly, haya habido tan pocas confrontaciones epistemológicas entre la operación matemática y la operación interpretativa a nivel de los planteamientos intelectuales y que se sostenga de ese modo, a pesar de las tensiones, de las porosidades y los desplazamientos recíprocos, una especie de bilingüismo epistemológico. Esos archivos, públicos o privados, duplican y pausadamente sustituyen los antiguos archivos. Si la analizamos tal como se muestra, se pueden hallar por lo menos tres puntos de ese desempeño efectivo de la informática en la historiografía.

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Ciertamente el historiador, al aislarse en un medio especializado, trató de substraer la producción de esa historiografía; a la politización y a la comercialización los relatos que nos cuentan nuestra actualidad. Ese retiro, que en ocasiones tiene forma de organismo oficial (una institución del Estado), otras corporativas (una profesión), permitió la circunscripción de objetos viejos , la puesta además de un material caso y la definición de operaciones controlables por la profesión (unas técnicas).

Estud Hist. Novohisp  No.51 México Jul.

Varios historiadores distribuyen la vivencia de las eliminaciones que hubo que llevar a cabo en el material porque no era tratable según las reglas impuestas. Desde el nivel elemental de las unidades por acotar, y por excelentes razones, la operación matemática excluye zonas enteras de la historicidad. Crea inmensos desechos, rechazados por la PC y acu cerca de . Actualmente, sólo unas limitaciones drásticas permiten el uso en historia de la estadística, forma sin embargo elemental de la matemática. De este modo, al comienzo mismo de la operación, solo retiene del material compendiado lo que puede constituirse en series, lo cual favorecerá una historia urbanística o una historia electoral, en detrimento de otras historias, dejadas yermas o abandonadas a un artesanado de apasionados. Asimismo se deben determinar las unidades tratadas de forma que el signo jamás se identifique con las cosas o con las palabras, cuyas variaciones históricas o semánticas comprometerían la estabilidad del signo y por ende la validez del cálculo.

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A las limitaciones exigidas por el “lavado” de los datos, se añaden las que imponen los límites de los instrumentos teóricos. Además, el precio del rigor matemático es una restricción del campo e puede ejercerse.

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Una lenta revolución modernizadora sustituyó el discurso metafísico y teológico que descifra el orden de los seres por las escrituras capaces de instaurar coherencias a partir de las cuales generar un orden, un avance, una historia. Destituidas de su función epifánica de representar las cosas, esas lenguas formales dan lugar, en sus explicaciones, a razonamientos cuya pertinencia ya no se debe a lo que expresan sino más bien a eso que posibilitan. Un artefacto científico no se evalúa por lo real que en teoría le falta, sino con lo que deja hacer y transformar. “Ficción” no es lo que fotografía él desembarco lunar, sino más bien lo que lo previene y lo organiza. Más bien, mediante la crítica de los documentos, el erudito le quita fallo a las “fábulas”.

Por fin va a poder arrancar a la historiografía de sus relaciones comprometedoras con la retórica, con todos y cada uno de los usos metafóricos del detalle supuestamente importante de un conjunto, con todas las astucias oratorias de la persuación. Podrá liberarla de su dependencia para con la cultura ámbito, cuyos prejuicios delimitan de seguro postulados, unidades e interpretaciones. Merced a la informática, se regresa con la capacidad de dominar el número, de construir regularidades y de determinar periodicidades según curvas de correlaciones. La historiografía erudita no escapa a la constricción de las estructuras socioeconómicas que determinan las representaciones de una sociedad.

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Voy a tomar como un ejemplo la relación que mantiene una especialidad especial con otra. En la vivencia que tengo de las colaboraciones entre historiadores y técnicos de la informática, una ilusión recíproca hace sospechar, de cada lado, que la otra disciplina le garantizará lo que le falta – una referencia a lo real. Los historiadores le solicitan la informática que los acredite a través de un poder científico con la capacidad de ofrecer “responsabilidad” a su alegato. Los técnicos de la informática, por su parte, inquietos por su propia capacidad para manejar unidades formales, le solicitan a la historiografía un reforzamiento de sus cálculos mediante lo “preciso” y a través de las peculiaridades de la erudición. En el borde de cada territorio, se hace desempeñar al campo vecino el papel de compensar ámbas condiciones de toda investigación científica moderna, por una parte su limitación (que es renuncia a la totalización) y por otra parte su naturaleza de lenguaje artificial . Además, respecto de esos dos poderes sucesivos, el historiador está en la situación de estar cerca de pero ajeno.

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Excava en el lenguaje recibido el sitio que entrega a su especialidad, tal y como si, instalado en la mitad de las narraciones estatificadas y combinadas de una sociedad (todo cuanto en se cuenta o se contó), se esforzará por perseguir lo falso más que por crear lo verdadero, o como si no produjera verdad más que consignando el error. Desde este punto de vista la ficción dentro de una cultura es lo que la historiografía instaura como erróneo, abriéndose de esta forma un territorio propio. Esta guerra intestina entre la historia y las historias se remonta a lejísimos. Pero gracias a esa lucha contra la fabulación genealógica, contra los mitos y las leyendas de la memoria colectiva o contra las versiones derivadas de la circulación oral, la historiografía crea una distancia de respecto al decir y al pensar recurrentes, y se alberga precisamente en esa diferencia que la acredita como erudita distinguiéndola del alegato ordinario. Aquí me limitaré a precisar 4 funcionamientos probables de la ficción en el alegato del historiador. El primero escribe el poema, la versión más leal de lo que sucede, el segundo hace la historia, el poema que absolutamente nadie ha escrito. O sea lo que sabe Virgilio, y se teme que César lo entienda; teme haber escrito bastante claro su odio a lo que hace del Imperio otro pretexto para no ver la historia.

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  • Todavía en el último mes del año de 1950 la civilización católica denunciaba como persecución inadmisible la introducción de “nuevos textos escolares que no respondían a la unión entre ciencias profanas y religiosas”, la reducción de la enseñanza religiosa a sólo una hora semanal en las academias primarias y medias, “y su eliminación en las academias superiores”.
  • La composición étnica de Polonia tras la guerra, resultado de la profunda modificación de las fronteras y la expulsión de las minorías nacionales, hizo que el 98 por ciento de los polacos de la posguerra resultase católico.

Es la bruja que el saber se empeña en fijar y en clasificar, exorcizándola en sus laboratorios. Es la sirena de la que debe defenderse el historiador, como Ulises atado a su mástil. Por una vuelta bastante lógica, la ficción asimismo acaba por encontrarse en el campo de la ciencia.

b) Usada por los historiador como distribuidora de datos más seguros y más extensos en lugar de valorarla por las operaciones formales que pone en obra, la computadora aparece en sus trabajos con su figura de hoy de poder tecnocrático. Se introduce en la historiografía a título de una situación socioeconómica más bien que a título de un conjunto de reglas y de hipótesis propias de un campo científico.

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Por consiguiente la historiografía es “histórica” no sólo en el sentido en que produce una interpretación de periodos antiguos, sino en el sentido en que el pasado (lo que las ciencias modernas han rechazado o perdido y constituido como pasado -algo acabado, separado) se genera en ella y se cuenta. A esta problemática del “hace opinar” mediante la cita del poder, se añade, como su corolario, una problemática del “creer” que está enlazada con la cita de lo otro.

Para los políticos siempre es importante el pasado, creen que en los grandes poemas históricos únicamente se puede leer lo que ocurrió; revoluciones, revueltas, alzamientos del pueblo en oposición a déspotas, la fuerza de la razón que impone los destinos, que todo lo transforma hasta hacer del presente la prueba irrefutable de que todo comienza en Utopía. Pero el político encuentra ruinas y cadáveres, foto fija de un judío a la entrada de un horno crematorio; la seguridad de que eso no volverá a suceder. Los políticos le dan forma a nuestra historia; los poetas van a ser los que le arranquen el contenido que, según un sujeto que charlaba alemán y cenaba con Heine, es lo único que siempre y en todo momento hacemos con la historia. En USA aparece desde el XIX un considerable movimiento que reivindica a la esfera personal separada de la producción, impulsando el descubrimiento la investigación de la vida interior de hombres y mujeres. Zaretsky crítica al feminismo sufragista que, una vez conseguido el voto, quedó suspendido hasta la década de los años sesenta, cuando se desarrollan los movimientos de queja que fueron perdiendo el contenido radical convirtiéndolo en esotérico, abstracto y utópico.

Para constituirse, una ciencia debe despedirse de la totalidad y de la realidad. Pero lo que tiene que excluir o perder para formarse regresa con la figura de lo otro, del que se prosigue esperando una garantía contra la insuficiencia que está en el origen de nuestros saberes. Un creer en lo otro es el modo perfecto en el que se presenta el espectro de una ciencia totalizante y ontológica. La reintroducción más o menos marginal de ese modelo de ciencia traduce el sentimiento que marcó la separación entre el alegato y lo “real” . No es asombroso que la historiografía, sin lugar a dudas la más antigua y la más obsesionada por el pasado de todas las disciplinas, sea un campo favorecido para el regreso del espectro. El uso de la PC, en particular, es inseparable de lo que deja a los historiadores llevar a cabo opinar, y de lo que piensa de creencia en Ese acrecentamiento (esa superstición) del pasado interviene en su manera de emplear las técnicas modernas.

En su temática popular”, suponía a) que se actúa lo que se cree, b) que la creencia puede reducirse a “fundamentos de creer y c) que esos “motivos” se reducen a probabilidades. Por consiguiente deja fuera de sus cálculos toda la dificultad popular y sicológica de las selecciones. El precio de la estricta novedad del procedimiento es la transformación de su objeto en ficción. Esta triple determinación histórica, una técnica, otra sociopolítica y la tercera ideológica y social, fue -y sigue siendo- la condición de posibilidad de las operaciones estadísticas. Es evidente que esa práctica no es reductible al género de la historiografía general. Voy a tomar como un ejemplo de ello el desempeño de la informática en el campo del trabajo historiográfico especializado o profesional. Con la informática se abrió la oportunidad de lo cuantitativo, del estudio serial de las relaciones cambiantes entre unidades estables en una extendida duración.

Finalmente, la ficción es acusada de no ser un discurso unívoco, es decir, de carecer de “propiedad” científica. De hecho, juega con expresiones polivalentes, cuenta una cosa para decir otra, se expresa en un lenguaje del que saca, indefinidamente, efectos de sentido que no tienen la posibilidad de ni circunscribirse ni controlarse. A diferencia de lo que ocurre con una lengua artificial, en principio unívoca, no posee sitio propio. El entender no encuentra en ella terreno firme, y su esfuerzo radica en examinarla a fin de reducirla o traducirla en elementos estables y combinables.

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